Perseverando en su recalcitrante actitud, aún seguía observando a las personas, anotando detalles, actitudes, señales. Las hojas cuadriculadas de su cuaderno estaban casi exhaustas de datos, columnas y tachaduras.
A 5, se habían reducido los candidatos para llevar adelante su estrategia justiciera. Tres eran adecuados y dos, menos adecuados. Y ese era el día.
Tuvo que entretener al ciego varios minutos hasta que apareció la primera de los cinco:
- Señora, señorita, ¿Puede ayudar al señor a tomar el subte?
La señora o señorita no se negaría, sabía. Y tal cual sus datos y pacientes observaciones se lo indicaban, presurosa accedió a acompañar al ciego (maldito ciego).
Ojo, no tenía odio, pero necesitaba una reparación. Todas esas veces que los ciegos habían chocado con su humilde puestito de venta de pañuelos descartables le minaron la paciencia. Ahora ya no acomodaba los paquetitos en hermosas esculturas efímeras como antes.
Antes hacía pirámides escalonadas, torres, una torre Eiffel hizo una vez; rostros con ojos saltones, casas, trenes, aviones, tractores, números, un ocho hizo una vez. Ahora se conformaba con cubos; la situación la había llevado a armar sólo cubos.
La decisión la tomó con el ocho. Ocho fue mucho para ella. Un ciego (otro maldito ciego) golpeó con su bastoncito la base de la mesita… y el ocho se le vino abajo. Paf, paf y paf… hasta algunos apurados pasajeros pisaron varios de los muchos paquetitos de pañuelos que se desparramaron por el suelo.
El ciego le hablaba a su nada ocasional lazarilla sobre origami… casualmente… ella hacía origami y se enganchó con el tema, tanto, tanto que perdió la cuenta de los escalones que con sumo cuidado había contado para comunicarle la información al ciego y asegurarse, así, prestar la ayuda con la máxima eficiencia.
La gorda de los pañuelitos, tras su cubo protector, observaba la escena, ya de lejos, paladeando el dulcísimo sabor de la justicia en plena ejecución.
La conversación seguía, animada, el estrecho pasillo los llevaba inexorablemente.
La gorda de los pañuelos se mordía el labio inferior. Ellos llegaban a la zona de la cabina telefónica.
La cabina estaba a la altura correcta, abajo nada había que hiciera que el bastón (esos malditos bastones) presagiara nada. La conversación. La posición. La velocidad. El pasillo. Todo ok.
El ciego, tal lo planeado, se estampó de lleno contra la cabina telefónica. La lazarilla no sólo ayudó con su abstracción sino con su impulso ya que adicionó un poco de aceleración, tirando del ciego hacia adelante cuando este ya había sido frenado por la cabina. Dolor y estupefacción. Pero detrás del cubo… satisfacción. Hasta se le escapó un “¡já!” a la gorda. Todo había salido tal cual lo había planeado.
Y quedaban cuatro candidatos más, já.
El sentido de la vista es una compleja maraña de sensores, transductores, cablecitos conductores, soft decodificador, soft compensador y relacionador.
El sentido de la oportunidad es, también, complejo. Como el sentido del humor.



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